Libreros intrépidos

La crisis en algunos países agudiza el ingenio y revoluciona el mundo del libro. Ha llegado la nueva generación de librerías

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Librería La casquería. Foto: Fernando Urquijo

Con la consolidación del libro digital y el descenso de las ventas de los ejemplares de papel, las librerías tradicionales se han encontrado ante una tesitura muy delicada que las está llevando a tomar una difícil decisión: renovarse o morir. Así, la crisis del sector está fomentando el auge de otras alternativas, lugares que ofrecen mucho más que un libro. La nueva experiencia abarca desde librerías que han recuperado espacios peculiares —como un antiguo teatro, una carnicería o un puesto en un mercado de abastos—, hasta otras que venden libros al peso o, directamente, los regalan.

No obstante, los mecanismos de supervivencia también pueden encontrarse en la forma de gestión. La red de librerías Abacus se erige como ejemplo de superación, después de sortear varias crisis en sus más de cuatro décadas de historia. No parece tan difícil llegar a abrir 35 librerías, como han hecho ellos, cuando se cuenta con el respaldo de 750.000 socios de su cooperativa de consumidores. «El éxito de nuestro proyecto es el de un modelo empresarial basado en las personas, capaz de adaptarse a los cambios sin olvidar sus principios», señala Miguel Ángel Oliva, su director general. El modelo cooperativo, que según Oliva «implica un mayor compromiso de las personas que participan en el proyecto», no es la única peculiaridad de Abacus, puesto que sus trabajadores además cuentan con la condición de socios.

En esta línea también ha profundizado la bilbaína librería ANTI-, donde conciben el sistema _cooperativo como una «posición ideológica». Javier Nevado, uno de sus fundadores, entiende además que la organización de eventos, exposiciones o presentaciones supone algo inseparable de la propia función de librería. Estas actividades complementarias las llevan a cabo «por placer y, al mismo tiempo, por necesidad, porque sabemos que aportan un valor extra a ANTI- que hace sumar ventas», certifica Nevado, quien anuncia que su librería ha dado el salto para convertirse también en editorial.

ANTI- es un ejemplo paradigmático sobre cómo las librerías se están adaptando a los nuevos tiempos, pero esto no significa que todas ellas estén asimilando la venta del libro electrónico como parte de su negocio. De hecho, muchas propuestas están remarcando el carácter físico de su producto como seña de identidad.

La librería La Casquería ha llevado este aspecto al extremo con su lema «Un libro debe construirse como un reloj y venderse como un salchichón». Debe su nombre a estar situada en un antiguo puesto de casquería en el madrileño Mercado de Lavapiés, donde comparten espacio con fruterías, pescaderías o mercerías. Esto favorece que el público que se acerca hasta sus expositores sea más heterogéneo de lo habitual. «Tenemos grandes lectoras que vienen a hacer la compra cada día y se llevan una novela histórica cada semana», comenta Raquel Olózaga, de La Casquería.

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Un antiguo teatro es ahora la librería Beta Imperial de Sevilla.

Cuarto y mitad de libros

Además de su curiosa ubicación, la librería del Mercado de Lavapiés está calando entre el público gracias a que vende los libros al peso: un euro por cada kilo y así hasta un máximo de ocho euros por ejemplar. Una estrategia para luchar contra lo que denominan obsolescencia programada de los libros, ya que se alimentan de donaciones. «Nuestro objetivo es recircular la cultura a precio asequible para todo el mundo, dándoles a todos los libros que tenemos almacenados en nuestras casas una oportunidad de vivir múltiples vidas y satisfacer a múltiples lectores», culmina.

«Un libro debe construirse como un reloj y venderse como un salchichón».

La idea de sacar un lugar de contexto para convertirlo en librería no es exclusiva de La Casquería. En Valencia, tres amigos encontraron una vieja carnicería en el barrio de Ruzafa y abrieron Slaughterhouse, una librería-cafetería con ganchos para colgar la carne. Jaime Ortega, uno de los fundadores, reconoce: «Nuestro proyecto, al igual que muchos otros surgidos en los últimos años, basa su sentido en la certeza de que las librerías tradicionales tienen ante sí un futuro muy complicado». Están tratando de capear el vendaval transformándose: «Nacimos como una librería alternativa que, atendiendo a las necesidades de nuestra ciudad, ha evolucionado hacia un espacio de creatividad en el que trabajamos con conceptos tangibles». Esto se traduce en un local con reminiscencias de carnicería en donde se puede tomar una cerveza a la par que se asiste a un taller, una exposición, un concierto o la presentación de un corto.

A Raquel Villa y Xénia Bagué se les ocurrió algo parecido y alquilaron un puesto en el Mercat de l’Abacería de Gràcia, en Barcelona, para montar una librería sin escaparates, a pie de calle y con una fuerte apuesta por la fotografía. Raquel Villa no cree que el libro de papel y el electrónico sean incompatibles y encuentra ciertas características en el papel que no podría hallar en los archivos digitales, como son «el tacto, el olor, la posibilidad de encontrar una anotación manuscrita o una palabra marcada porque al anterior lector ese libro le removió… En resumen, un vínculo afectivo que se crea con el objeto más allá de la historia en sí». Reconocen que, a pesar de que alguna señora se ha marchado disgustada por no haber podido comprar unas medias, la iniciativa en general ha sido muy bien recibida. De hecho, a la gente se le hace más raro que una librería ofrezca fotografías de autor a que esté situada en un mercado.

Uno de los ejemplos más impresionantes de librerías descontextualizadas es el de Beta Imperial, bien conocida por los asiduos a la calle Sierpes de Sevilla. Esta iniciativa es famosa por haber reutilizado un antiguo teatro para vender libros. «El espacio en sí constituye un valor por el que comprar se convierte en algo diferente. Llama la atención subir al escenario y contemplar todo el anfiteatro lleno de libros», comenta José Luis Aguinaga, responsable de comunicación de las librerías Beta.

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La cadena Abacus funciona como una cooperativa.

Un valor incalculable

Quizá la librería tradicional que más éxito ha cosechado en los últimos meses sea en realidad la menos tradicional de todas. Libros Libres nació en septiembre de 2012 como un experimento y en tan solo unos meses ha tenido que mudarse de local, porque el antiguo recinto se les había quedado pequeño. La clave de su éxito es sencilla: los libros no tienen precio. No se trata de ediciones de valor incalculable, sino de libros sin una cifra marcada en su primera página.

Cualquiera puede llevarse cuantos ejemplares quiera de Libros Libres sin miedo a pitar en la salida. El truco, si se puede llamar así, reside en que Libros Libres funciona por suscripciones voluntarias de 12 euros al año. El proyecto necesitaba rondar las 300 inscripciones durante el primer curso para ser viable y, contra todo pronóstico, ya han superado las 1.000. Un éxito rotundo con una buena causa de fondo, puesto que los beneficios de esta peculiar iniciativa van destinados a pagar los estudios de jóvenes sin recursos en América Latina y África. Para Catalina Benavides, encargada de la organización, «la librería no es un fin, sino una herramienta para conseguir multiplicar el número de becas». La idea ha prendido y ya se plantea expandir el modelo a otras ciudades.

Iniciativas como las descritas sugieren que el libro de papel tendrá cabida en las librerías, aunque quizá las librerías del futuro se parezcan bien poco a las que se conocían hasta ahora. Sin embargo, puede que el mayor peligro para la supervivencia de las de toda la vida no esté en las nuevas tecnologías («el libro físico y el libro digital son dos cosas distintas que solo contienen un sustantivo común, la palabra libro», sugieren desde Slaughterhouse), sino en otras batallas que todavía no están resueltas.

En La Casquería lo tienen claro: «Las librerías tendrán que renovarse y adaptarse, pero sobrevivirán más allá del libro electrónico. Los temas de los que realmente hay que cuidarse para que este negocio milenario siga existiendo son el de la competencia desleal de los centros comerciales, el IVA, el peligro de suprimir el precio fijo de los libros, el apoyo al comercio local, el fomento de la lectura…». Muchos frentes abiertos en los que habrá que seguir combatiendo con ideas tan buenas como estas.

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